MISA DE SIETE
Por David Briones
AZCAPOTZALCOGRAFÍA.
Los días se hacen más largos desde que me jubilé. Y el
insomnio es cada vez peor. Nunca tuve ese problema cuando trabajaba. Menos
cuando tenía que levantarme en el tiempo en que mis hijos vivían conmigo,
desayuno, ropa o uniformes, comida, cena, baño. El cansancio me impedía estar
despierta en cama.
Mi esposo murió cuando nuestro segundo hijo, Álvaro, tenía
cinco años. Así que prácticamente he vivido sola desde hace más de treinta
años. Entre mi trabajo como secretaria de una escuela primaria, y la atención a
los hijos, se me fue parte de esa vida.
Cuando me jubilé, aún vivía conmigo Álvaro, que estaba en
los últimos años de su carrera. Tras tres años más, se mudó a Canadá por una
increíble beca que pensábamos nunca llegaría, y desde entonces vive allá. Como
sea, nunca había estado sola completamente.
Al poco tiempo que Álvaro se fue a Canadá, una fuerte
enfermedad casi me lleva a la tumba. Al reconsiderar la vida, me di cuenta que
por estar tan ocupada en todo, no había tenido tiempo para Dios. Por eso, una
vez que sané y me pude poner de pie, vendí mi casa y me compré un departamento
en el tercer piso en una colonia cerca del centro de Azcapotzalco y empecé a
acudir a misa. De ahí en adelante, cada domingo me daba cita a la misa
dominical de 7 de la mañana en el templo más cercano, la Catedral de los Santos
Apóstoles Felipe y Santiago, la más grande de aquí de Azcapotzalco. Por
levantarme temprano nunca tuve problema, ahora, con el insomnio, ni siquiera
tenía que sacrificar horas de sueño.
Casi seis cuadras tenía que caminar desde mi edificio hasta
la Catedral, recorrido por el cual, no me cruzaba con mucha gente, y digo ‘no
mucha’, porque no faltaba alguna viejecita o viejecito que caminara también
hacia el templo en la misma hora. Normalmente la gente ‘vieja’ como yo, nos
gusta ir temprano a misa, así evitamos las aglomeradas horas donde familias
enteras van con su montón de escuincles llorones y no dejan escuchar nada.
Lo curioso es que había gente que veía en mi camino entrar a
misa; pero cuando, ya dentro de la iglesia, volteaba a buscar algún rostro, no
encontraba a ningún vecino. No era para molestar o saludar, mi propósito era
entablar alguna amistad para tener con quien platicar en el camino de ida o al
menos de vuelta. Extrañamente, mi camino
de vuelta a casa era más solo. Posiblemente la demás gente iba al mercado que
quedaba al lado contrario de mi casa, o a otro lugar al salir. O simplemente se
salían antes, qué sé yo.
Una señora que me saludaba siempre, asomada desde su
ventana, con una sonrisa franca, pero prácticamente sin dientes, muy viejecita,
un semblante agradable, con unos imaginables más de 90 años y que se notaba que
apenas podía caminar, me detuvo un día en la calle y me preguntó:
“Hija, tú vas a misa de 7, ¿verdad?”
“Si ‘señito’, es la más tranquila del domingo, ya más tarde
uno ni cabe o no se escucha bien lo que dice el padrecito”.
“¿Y no te da miedo salir a esa hora m’ijita?”
“No, ¿porque ‘señito’?”
“Aquí en esta calle nomas se oscurece y se oyen cosas… feas,
feas m’ija…”
No entendí muy claramente a qué se refería la viejecita,
pero, después de despedirme, empecé a recordar que desde el tercer nivel donde
vivo, se alcanzan a escuchar cosas muy raras apenas y anochece, llantos
apagados, gritos ahogados, murmullos como de gente en procesión. Y al asomarse…
nada, silencio.
Por la avanzada edad de la vecina, me dio pena decirle que,
cuando quisiera subir a mi casa, sería bien recibida. En cambio, decidí pasar
el siguiente domingo a la suya, e invitarla a ir conmigo a misa, aunque sea
paso a pasito, pero ya tendré quien me acompañe, y seguramente dejará de pensar
cosas, cuando vea que, aunque poca, pero si va gente a la iglesia a esa hora.
El domingo toqué unas tres veces en la ventana donde siempre
se asomaba a saludarme, pero nadie salió. Decidí ya no volver a tocar, y me
retiré para irme a la Catedral. Como siempre, vi a algunas personas mayores
caminando hacia mí mismo rumbo.
Ya de regreso, una muchacha con un bebé de brazos salió de
la casa y me detuvo para preguntarme:
“Buenos días, señora, ¿usted conoce a mi abuelita?”
“Si, perdón… no sabía que era su abuelita. Toqué hace rato
para invitarla a ir a misa.”
“Ay señora…
discúlpela, pero mi abuelita está internada en el Seguro desde el
viernes, fíjese que se nos puso malita de su corazón, ya está muy viejecita. Si
la vi en la mañana, mi ventana es la de arriba de la de mi ‘abue’, ya no
alcancé a bajar en la mañana para avisarle”.
“Ay mi niña, ya verá que se va a recuperar la señora, voy a
rezarle mucho a la Virgen, para que se recupere”.
“Gracias señora”.
Pasó la semana sin novedad, hasta que, el viernes por la
noche, escuché llantos desde mi ventana, esta vez, bastante claros. No hice
caso y continué con mi lectura.
El domingo por la mañana salí como de costumbre al cuarto
para las 7 para caminar despacio y llegar al inicio de la eucaristía. Cuando
pasé por la casa de la vecinita, no pensé en molestar pues, imaginé que seguía
delicada. No necesité tocar, la señora estaba de muy buen semblante, con un
bastón y un chal bien puesto, afuera de su casa, esperándome, supuse.
“¡Buenos días, m’ijita! Me dijo mi nieta que me ibas a
invitar a misa y pues como ya me sentí mejor… no se si quieras que vayamos a mi
paso”.
“¡Buenos días ‘señito’!, ¡se ve usted muy bien! No se
preocupe, vamos a su paso”.
“¿Sabes hija?” - me empezó a platicar cuando ya íbamos de
camino – “ya desde cuando quería ir a misa pero la edad y mis hijos me lo van
haciendo más difícil, ¡¡qué bueno que hoy me les escapé!!”
Sonriendo todo el camino no me imaginé que hace unos días
estuviera enferma, ni que no estuviera cansada por caminar tanto y hablar y
hablar sin parar. Al parecer también, conocía muy bien a los vecinos que
pasaban a misa a esa hora, pues la saludaban como si no la hubieran visto en
años. Parecía que ni siquiera días antes hubiera estado internada y, por
cierto, nadie le preguntaba nada de eso, por el contrario, la festejaban en
cada ocasión. No me atreví a preguntar el por qué; además ni siquiera tuve
oportunidad de interrumpirla, hasta temí que no me dejara escuchar la misa con
atención. Me platicó que se llamaba Juanita, de su familia, de sus hijos, de
uno que murió muy joven y que lo extrañaba. De nietos y bisnietos que Dios le
permite conocer aún.
Cuando llegamos a la puerta de la iglesia, la misa ya había
comenzado.
“Ándale m’ijita, metete para que escuches el evangelio, yo
ya me cansé, ahorita me siento en una banca de aquí atrás”.
Para escuchar bien, hice lo que me dijo doña Juanita, y para
cuando la consagración terminó, sentí su mano en mi hombro y bajito me dijo:
“Yo ya me voy mi niña, ya es hora, gracias por traerme, se
me hacía el camino muy largo para mi solita. Quédate, no te molestes, vino mi
hijo por mí, él me lleva…”.
Volteé y alcancé a ver a un hombre joven a un lado de la
señora, pero en el preciso instante, el padre dio la bendición y volví mi
cabeza hacia el altar.
Para cuando traté de despedirme, ya no vi ni a la señora ni
a su hijo. Sentí que debí acompañarla pues yo la traje. Pero nada. No imaginaba
que hubiera salido tan rápido, es como si su hijo se la hubiera llevado…
volando.
Al ir en camino a mi casa, vi mucha gente afuera de la casa
de doña Juanita. Un moño negro en la entrada me hizo casi sentir vértigo. En la
puerta, la nieta de la señora lloraba desconsoladamente en medio de un grupo de
personas.
Al verme y reconocerme, me alcanzó el brazo y me confirmó la
noticia que ya temía:
“Señora, mi abuelita ya se nos fue, murió anoche aquí en su
cama, amaneció hoy ya difuntita. Es que ya no quería estar en el hospital y nos
dijo el viernes que la trajéramos a morir a su casa. No sabe que fue lo último
que me dijo: que solo quería ir por última vez a misa hoy domingo con usted…”.
“Hija, tu abuelita si pudo ir hoy a misa conmigo…”.
Con un nudo en la garganta, la abracé y lloramos juntas por unos
minutos. Pasado el momento de franco pésame, le conté todo lo que pasó más
temprano, cuando encontré fuera de su casa a su abuelita. Lo que narré,
posiblemente nadie de los que la acompañaban lo creyó, seguramente me
imaginaron loca o mentirosa, pero en los ojos de la nieta de doña Juanita, supe
que ella sí, y con eso me bastó.
No pude acudir a su sepelio, ya que la impresión me dejó
varios días sin aliento. Para el siguiente domingo, ya más repuesta, me sentí
con extraños ánimos para ir a misa. Al pasar frente a casa de la difunta doña
Juanita, sentí su mano en mi hombro y escuché su voz bajita que me dijo al oído
– “salúdame a los vecinos, m’ijita” -. Eso me animó más.
Al parecer, se me curó el insomnio, pues ahora duermo como
un bebé, y ahora cuando salgo los domingos al cuarto para las siete, a todo
vecino que me encuentro, lo saludo y le doy los buenos días, hasta reconocí a
varios, que les dije:
“¡¡La ‘señito’ Juanita los manda saludar!!”
Sin decir nada, sonríen y me devuelven el saludo. Tal vez ellos sean también almitas que van en camino a oír misa de 7.
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