LA
PELOTA DE LA ÁNIMA
Virginia Hernández Vázquez
Crédito de imagen a quien corresponda
Mi familia me ha platicado tan increíbles
historias que parecen irreales. Una noche 31 de octubre, nos reunimos en
familia en el estado de Hidalgo, mi padrino nos contó con mucha timidez una
vivencia extraña que tuvo cuando era
niño.
Los adultos siempre platicaban de una procesión que se veía en las
noches de los días de muertos, ésta era de difuntos, salían desde el 29 de
septiembre, día de San Miguel Arcángel, cuando se abren las puertas para que
comience el camino de las ánimas a sus ofrendas hasta el 2 de noviembre cuando
se van.
Las almas en pena caminan castigadas por no
haber sido buenas personas, no haber hecho algo que debían, para pedir algo a
los vivos y por nuevos integrantes.
Fue un 31 de octubre, luego de ayudar a su
abuela a poner la ofrenda e ir a cortar flores de cempasúchil, pompón y mirasoles,
cuando pidió permiso para ir a jugar con sus amiguitos con su nueva pelota de
cuero naranja, en aquellos tiempos no todos los niños tenían esa posibilidad.
Platica que sus amigos estaban emocionados
tocando su pelota, sobre todo Rubén. Jugaron mucho, de repente un perro negro
enorme salió y les ladró como si los corriera, los niños asustados y dándose
cuenta que ya estaba anocheciendo, corrieron a sus casas asustados por el
perro, por los fantasmas que aparecían esos días y por la cinturonazos que les iban
a poner. Mi padrino llegó a su casa, ya estaban en el rosario de sus difuntos
que se acostumbra, se sentó y siguió los rezos, cenaron y se fue a dormir,
entre el sueño, se acordó… “¡dejé mi pelota en el llano, me van castigar!”, se
levantó y encontró a sus padres y abuelos velando la ofrenda, les pidió permiso
para ir por ahi con sus amigos, pero recibió un "no" contundente, “¡a esta hora
agarras un aire y para qué quieres, no sabes lo que te puedes encontrar por
ahí, además en la oscuridad no se ven los canales de agua, te puedes caer!”.
Peor aún el llano estaba a unos pasos del
panteón, que para ese entonces quedaba fuera del pueblo.
Él se fue
enojado a su cuarto y para no recibir unas buenas nalgadas fue a rescatar su
pelota, desobedeciendo se salió de su casa por la ventana. Ya era más de media
noche y caminó mucho entre la oscuridad con miedo, había un viento helado, solo
era él y su lámpara de petróleo, llegó al sitio y buscó…
”¡La encontré!”, se puso muy contento y regresó
a su casa.
A unos
pasos comenzó a llegarle un extraño olor:
“¡Así huele la cera de las velas en la ofrenda!”…
entró en razón… ¡estaba entre la oscuridad, solo, a la salida del pueblo, lejos
de casa, a unos pasos del panteón, en día de muertos!.
Le recorrió un escalofrió
y se espantó, corrió lo más rápido que pudo, su lámpara se apagó y cada ruido
hasta de insectos lo atemorizaba más. El olor se hacia más fuerte, el sonido de
una campanilla lo seguía, volteó hacia un camino con árboles y vió luces
pequeñas que se acercaban, todo se llenó de niebla, ya no veía lo que la luna
le permitía ver antes, el viento soplaba más fuerte, parecía que lloraba junto a
los pirules, los perros aullaban y ladraban, vino a su mente lo que sus abuelos
decían; ¡La procesión de difuntos!.
El panteón era lo más cercano que había, con la
neblina corrió hacia allá, fuera de la puerta había una cruz junto a un pirúl
muy grande, se escondió detrás, se puso en cuclillas, cerró sus ojos apretando
igual que su boca y manos, oía murmullos que se acercaban, eran varias voces, oraciones,
palabras, lo único que entendió fue; ¡Perdón, hemos pecado!, ¡ora por nosotros!.
Sintió una ráfaga helada que erizó su cuerpo, alguien
se acercó a su oído y le ordenó “¡dame la pelota!”, ¡era la voz de un niño!.
Después de una eternidad para él, abrió sus ojos
y ¡se encontró con una procesión de ánimas, tal como sus abuelos contaban!. Iban
en dos hileras, uno de guía adelante, otro en medio de las filas y otro atrás
de ellos.
Vió claramente que lo que parecían velas con
flamas eran sus dedos… bueno huesos, hasta adelante había otro con una cruz y una antorcha y otro que venía hasta
atrás de todos con un cirio, ¡solo que era una persona conocida… viva!, se preguntó
¿qué hacía ahí?.
Vestían capuchas, otros ropas blancas, iban
descalzos, unos llevaban canastas con algo blanco, rosarios en las manos y un
ramo de hierba, habían hombres y mujeres. Cuenta que sus caras y pies era de
una persona normal pero sus manos no, los dos últimos llevaban cadenas en los pies que sonaban muy
feo. Los perros no dejaban de aullar y ladrar,
uno de ellos era el perro que había visto antes con sus amigos, estaba entre él
y la procesión protegiéndolo.
Contó que un olor a copal y flores de
cempasúchil se hizo muy fuerte mientras vió la procesion, él se acordó que
nunca debes verlos ni que te vean o te llevan, así que volvió a cerrar los ojos
y a rezar lo que venía a su mente, al mismo tiempo una mano helada tocó su
hombro izquierdo pero no le dio temor, si no confianza.
No supo más, despertó en su casa, un vecino lo
halló y llevó, cuenta que estuvo muy enfermo con fuertes temperaturas, al
sentirse mejor le platicó a su familia lo que había visto, le creyeron, su
abuela le dijo que lo blanco en las canastas eran perlas, lágrimas de su dolientes
qué regresan a recoger para poder descansar en paz. “seguramente fue tu abuelo
Nenesio que tanto te quería el que te protegió, el olor a copal llama a los
difuntos así como el cempasúchil por eso se ofrendan”.
Lo
limpiaron de mal aire y susto.
Sus
amigos fueron a verlo, pero faltaba uno de ellos, Rubén, preguntó por él, sus
padres le contaron que había escapado de su casa esa misma noche, cayó en un
canal y no sobrevivió, iba por su pelota. Mi padrino recordó al niño que pidió
la pelota, ni se había acordado por el susto, ¡Había sido su amiguito que no
quería irse sin ella!, recordó también al vecino: ¡ví al Sr. Porfirio en la
procesión!, le respondieron que había fallecido ese día de una borrachera.
Entendió que la procesión había ido a recoger a
esas almas, nunca más desobedeció, aprendió que debe ser responsable, tener
respeto de las creencias y tradiciones, supo que fue afortunado de sobrevivir, que
no debemos anteponer las cosas materiales a nuestra vida, que hay que apreciar
lo que nos dan, que hay que oír los consejos de los mayores, por cierto terminó adoptando al perro lo
llamó caiser, nunca olvidó dejarle sus cempasúchil y su ofrenda con copal a sus
difuntos.
Mi querido padrino ya falleció, cada año esta
presente en la ofrenda en casa y le llevamos flores al panteón, a quien nos
contó seguimos sus consejos, aprendimos como él, a no salir tan noche y menos si
son días de muertos, pues te puede llevar la “Procesión de las ánimas”.