LA LEYENDA DEL DANZÓN EN AZCAPOTZALCO
Por Ana Marisol
Resendiz Pizarro.
AZCAPOTZALCOGRAFÍA.
Obra pictórica de: Martha Patricia Landeros Licona.
En esta plaza que
se ubica en el centro del jardín Hidalgo en Azcapotzalco, se reúnen los
enamorados pachucos y damas danzoneras a celebrar un buen danzón al ritmo de “Nereidas” o “Salón México” se cantan y le
cantan al amor con los movimientos cadenciosos de sus cuerpos, vestidos con
colores que evocan el goce de otros haciendo un poema corporal, una y otra vez
bailando un buen danzón, se cuenta que en esta plaza llego la primer pareja a
enamorarse con las primeras notas de “Nereidas” desde hace aproximadamente 25
años y desde entonces hasta el día hoy en distintos horarios se reúnen en el
corazón de Azcapotzalco, donde se baila un buen danzón con alma tepaneca.
En el Jardín
Hidalgo las parejas se reencuentran para rendirle culto a la danza de la
elegancia, en un ritual amoroso, además de brindar un grato espectáculo a
propios y extraños. Vistiendo de rojo, de rosa, de blanco, de satín, con sus
elegantes zapatos de baile, los pachuchos lucen sus graciosos sombreros
engalanados con plumas, la evocación nos hace recordar al pachuco mayor, al
calor de la tarde, pero cuando el goce de estos cuerpos cadenciosos termina, y
la tarde se empieza a llenar de ruidos, un par de remolinos se ven en el parque
cuando entra el frío de la tarde, y entonces el calor de los cuerpos se
evapora, el viento se vuelve más gélido en cuanto avanza la noche como si fuese
el aliento de los que ya no están, pero si moran entre nosotros…
Esta hermosa
leyenda también tiene una versión nocturna, pues se dice que a partir de las 12
de la noche se escucha el sonido de los tacones de una pareja de enamorados
fantasmales que abren la pista en medio de ecos musicales del más allá, que se
entregan a la continuación de su romance en rito dancístico del danzón…
Algunos dicen que
se ve como la neblina del día de muertos y entonces se escucha una música del
más allá que antecede a los gozosos catrinos, que se entregan al disfrute de su
baile, hasta en la muerte se dan al sublime acto del amor del danzón meciendo
sus cuerpos huesudos con la candencia de la música que quedo inscrita en sus
almas…
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