EL CHAMÁN Y EL BRUJO, O EL CURANDERO Y EL NAHUAL
Por David Briones
Les voy a narrar
una historia arquetípica que podría llamarse el Chamán y el Brujo, o el
Curandero y el Nahual, y que es primordialmente, la ancestral historia de la
pelea entre el bien y el mal. Es la historia de un chamán o curandero del
pueblo San Buenaventura que es el típico pueblo mexicano que ha cambiado poco
desde tiempos virreinales.
El pueblo unido y
poco dado a la modernidad ha tenido históricamente contacto cercano entre los
habitantes, y entre los cuales el Curandero siempre ha estado en alta estima,
siendo que no hay doctor y el padre de la única capilla lo ha respetado en sus
remedios ancestrales.
Pero nada es
idílico en los arquetipos, aquel lugar tenía en las cercanas montañas y en
medio del bosque a la némesis del chamán: un brujo Nahual con poderes
extraordinarios que usaba para sacar ventaja, para cumplir venganzas y
generalmente desequilibrar la vida mágica del chamán, pues cada entuerto
realizado por el brujo tenía que ser contrarrestado por él.
Teniéndose ya
identificados desde eones por la misma situación enfrentada de generación en
generación, ambos hombres de conocimiento se tenían mutuo respeto, pero también
récelo, eso evitaba enfrentamientos directos. Pero pasa que el desequilibrio
surgió del lado del bien, un hombre, dueño de una parcela encontró en sus
tierras, un antiguo embrujo poderoso que no debía ser encontrado, y el
Curandero le ordenó quemar, siendo que era un monigote que representaba al
mismo chamán.
El enfrentamiento
era inevitable, enterado por sus malas artes del descubrimiento, el brujo dio a
conocer al chamán que el hacha de guerra había sido desenterrada. Y queriendo
tomar ventaja antes de que el Curandero tuviera oportunidad de desquitarse,
envió un poderoso conjuro que haría incluso, dar muerte al acérrimo rival.
El chamán aún
advertido no tenía en planes desquitarse del fetiche encontrado, sabía
perfectamente a qué atacaba aquel brujo y no tomó precauciones. Antes pensó que
era el mismo juego de siempre, torcer y enderezar.
Desprevenido le
tomó aquel dolor de vientre, aquella fiebre y aquellos sueños de la
advertencia. Era objeto del disgusto de su rival. Pero eso iba más allá, y tuvo
que demostrar quien era el más poderoso.
Llamó a su cama
al mejor cazador de la comarca que también era su mejor amigo, le pidió
específicamente como debería emprender su siguiente cacería:
“Irás al mediodía
a la entrada del pueblo y te sentarás en el pirul más grande, solo con tu arco
y tres flechas, las envolverás con las hierbas que te voy a dar y al punto de
las seis de la tarde, caminarás directamente a la cabaña del brujo, pero a
mitad de camino, torcerás a la derecha hacia donde se pone el sol. Caminarás
por una hora y llegarás a un río que tendrás que cruzar descalzo, ten cuidado,
que las piedras son particularmente filosas ahí. Al cruzar, caminarás buscando
al león (puma o león americano), pero no lo vas a encontrar, ya sabe que van
por el, pero sigue su huella.
Antes de que la
luna se vea encontrarás al nahual. Sabrás que es él porque parecerá un animal
inofensivo. Dale caza. Después, busca el cadáver y quémalo hasta el último
hueso. Ten en cuenta que solo tienes esas tres flechas, no más. Confío en ti”.
El cazador,
arquetipo del héroe también, fue sin chistar al encuentro de aquel nigromante
sin dudarlo, pero con un miedo a superar ya establecido.
Hizo exactamente
lo que su amigo el chamán le dijo para encontrar al nahual. Al cruzar el rio
todo el ambiente quasi nocturno cambió. Escuchó claramente al león y lo hizo
trastabillar, sin querer rompió a la mitad una de sus flechas.
El brujo estaba
enterado que iban por él, pero de nada le servían ahora sus trucos. El cazador
lo siguió de cerca hasta que en un recodo natural de la selva escuchó un ulular
que lo espantó, cómo no era hora de tecolotes, supo que no debía confiarse de
ese animal, lo encontró en lo alto de un ahuehuete. Afinó puntería, pero un
soplido del viento lo hizo fallar, teniendo solo una oportunidad más, se
encomendó a la Providencia y tiró la segunda flecha al vuelo, con tan buen tino
que le dió al tecolote mientras volaba escapando. Lo fue a buscar porque tenía
órdenes precisas de quemar aquel animal.
Lo encontró aún
boqueando sus últimos respiros con el pescuezo atravesado certeramente por la
flecha bendecida.
En ese momento no
lejos de ahí, el brujo, que comía un delicioso pescado, se tragó sin querer una
enorme espina que se le clavó en la garganta y le ahogó hasta matarlo.
FIN
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