ROSITA
Por Eduardo Resendiz Sánchez
AZCAPOTZALCOGRAFÍA.
Rosita era una niña de 9 años, de cabellos dorados, ojos
verdes esmeralda, su sonrisa siempre cautivaba.
Todas las noches cuando tocaban las campanas de las doce de
la noche abandonaba el panteón de San Isidro, cruzaba la calzada y se dirigía
al hotel que estaba en frente del panteón, se sentaba en la banca un rato y
volteaba para todos lados como buscando algo… que no sabemos que es.
Después de un rato sus pasos se dirigen a la recepción del
hotel, la luz de la entrada lastimó sus ojos, era una luz blanca brillante, se
rasco los ojos, y cuando los abrió se encontró con Don Beto, un señor amable ya
entrado en años.
Él se acomodó los lentes, miró a la niña sorprendido y
expresó: “Niña, ¿qué haces aquí? Ya es noche para que estés fuera de tu casa”.
La niña lo miró con una sonrisa en los labios y le dijo:
“Solo en las noches me dejan salir”.
Don Beto la miraba con ojos atentos.
“Qué raro que te dejen salir sola y de noche”.
“Bueno, bueno, siéntate te voy a traer una taza de café”.
Cuando llegó, la niña miraba con insistencia la calle.
“Niña, ten”.
Cuando ella agarró la taza de café, Don Beto rozó y sintió
sus deditos fríos.
“¿Y cómo se llama la señorita?”
“Rosalia, pero me dicen como me decía mi mamá, Rosita”.
“Vaya, que bonito nombre, igual que tus ojos muy bonitos”.
Rosita soltaba una sonrisa que apenas se oía, y le preguntó
al hombre: “ ¿Cómo se llama usted? Nunca lo había visto”.
“Soy Don Beto, Rosita, es mi primer día en este hotel”.
Don Beto se agachó para que le diera un abrazo la niña,
sintió como un frío húmedo que entraba por la puerta, la luna en lo alto se
miraba desde la puerta, blanca, sin nubes.
“Vamos a ser muy buenos amigos Rosita”, le dio unas palmaditas
en la espalda.
Estuvieron platicando un rato. Don Beto muy atento a lo que
decía la niña: “Entonces tu mamá te dejó sentada en la banca, y te dijo que la
esperaras ahí. Dices que se fue con un señor, que la jalaba y la metió a un
carro y se la llevó, mmm que raro, me parece un secuestro”.
Don Beto pensativo miraba a Rosita, cada palabra que decía,
la niña tenía sus oídos muy atentos. Le iba a hacer una pregunta, cuando en
eso, se oye a lo lejos el canto de un gallo, los pájaros volaron de los árboles,
la luna cambió de posición.
Rosita como si llevara prisa le dijo a Don Beto: “me tengo
que ir, si no, ya no me dejan entrar”.
Salió casi corriendo del hotel, Don Beto iba detrás de ella,
sus piececitos parecían que volaban, que no pisaban la banqueta, un sudor frío
corrió por su frente, una ráfaga de aire se sintió en el ambiente, sintió
miedo, se limpió el sudor con el pañuelo, unos perros ladrando cuando pasaron a
su lado, miró su reloj: 5:00 am., el gallo todavía se oía a lo lejos, Rosita
había desaparecido como si se hubiera envuelto en el aire.
El hombre se metió las manos para cubrirlas ante el frío, le
temblaban, se sentó, tosió, pensó que todo fue un sueño, que ésto no era
verdad, solo producto de la noche y el sueño.
Esperó el nuevo día.
Cuando terminó su jornada y salió del hotel, pasó a la
panadería a comprar pan para el desayuno, luego pasó con la tamalera que estaba
cerca del hotel, se compró un atole bien caliente, a sorbos lo tomó.
Cuando llegó a su trabajo empezó a barrer la recepción y
acomodar las llaves de los cuartos. En eso estaba cuando oyó una vocecita a su
espalda: “¡Hola Don Beto!”
Rápido volteó, ahí estaba Rosita con su vestido rojo, sus
ojos verdes que lo miraban y su sonrisa. Don Beto un poco asustado la miró, se
hizo para atrás, y dijo: “¡Rosita por Dios!, ¿tú no eres de este mundo?”
La niña soltó la carcajada, “si soy de este mundo, porque me
está viendo, no todos las personas me pueden ver”.
Don Beto se persignó: “Ay Dios mío, ¿por qué me haces
esto?”.
Se sentó, agarró las manos frías de la niña.
“Qué bonita eres Rosita, me recuerdas a mi abuela cuando te
ríes”.
Se paró de la silla, sacó de un cajón una paleta, se la dio,
Rosita le dio las gracias.
Durante mucho tiempo la niña fue a ver a Don Beto, fueron
muy buenos amigos, su amistad iba más allá de la muerte, entre vivos y muertos,
ya sabía Don Beto que la niña lo visitaba después de las doce de la noche.
Era un día frío y lluvioso, cuando el que entró al hotel,
fue el dueño del establecimiento, Don Roque, que deseaba ver cómo iba todo por
su negocio.
El dueño abrió la puerta dejando a un lado su paraguas lleno
de agua, las gotas mojaron el piso, Don Beto estaba leyendo un libro, eran como
las cinco de la tarde.
“¿Qué tal Don Roque?” preguntó Don Beto. Le extendió la mano
en señal de amistad.
“Nada nuevo Don Beto, aquí nada más visitándolo”.
“Y usted, ¿Qué me cuenta, alguna novedad Don Beto?”
“Nada Don Roque, aquí me la llevo tranquila”.
“¿Cómo se la pasa en la noche?”
“Bien Don Roque, y conversando con mi amiguita que viene a
verme todas las noches”.
Don Roque se le quedó viendo por un rato.
“¿Cómo se llama la niña que lo visita? ¿Rosita?”
Don Roque pasó saliva, la garganta se le cerró, pidió un
vaso de agua, se limpió la boca con el dorso de la mano.
“Conoce usted Don Beto, la historia de la niña Rosalia
Zuñiga Andrade?”
“No Don Roque, cuéntemela”.
“Su mamá era una mujer muy hermosa pero tuvo un error, se
enamoró de un hombre malo enredado en la mafia, venta de alcohol clandestino,
estamos hablando de la década de los años veinte, ya pasaron muchos años de
aquel acontecimiento Don Beto. Cuando esa dama se embarazo de Rosita, cosas
malas sucedieron en la ciudad, muchos policías amanecieron muertos, fue un
enfrentamiento entre gangsters y policías, la gente tenía miedo salir de sus
casas eran días de violencia e incertidumbre. El papá de Rosita era el jefe de
la banda, la policía le rondaba los pasos, ese día fue por su esposa para
llevarla a la fuerza con él, y es que la señora nada quería saber de él, desde
que supo que era un delincuente.
La jalaba con fuerza, Rosita estaba a un lado. Corriendo la
señora sentó a la niña en la banca que está afuera del hotel. La pequeña vio
cómo el hombre le pegaba y la metía al carro. Rosita siendo una niña la espero
sentada, la gente se la llevaba a vivir y con ellos, pero a los cuantos días
regresaba a la misma banca.
Dicen que un día hizo
su cabeza a un lado, nunca más volvió abrir los ojos, murió de tristeza,
esperando a su madre. Tal vez su alma no ha alcanzado la paz aun después de
muerta, por eso su alma vaga en el aire.
Si Rosita viviera tendría más de 100 años”.
Don Roque y Don Beto charlaron poco más, y pronto el dueño
se despidió.
Don Beto se quedó apoyando sus brazos en el mostrador del
hotel, estaba con las manos en la barba, mirando sin mirar, esas palabras
malditas que acababa de escuchar sonaban en su cabeza.
Su dulce amiga Rosita, tenía muchos años de muerta, se
enterneció aun más por ella, , porque aunque estaba muerta, sentía mucho amor
por ella, la niña de los ojos verdes, la del vestido rojo que todas las noches
lo iba a ver.
Recordó que un día no fue a trabajar, y Rosita lo espero en
la entrada, cuando por fin Don Beto se presentó, ella lo vio, lo abrazó, puso
su cabecita en su hombro y estaba llorando, Don Beto le acariciaba su carita,
de esos ojos bonitos salían lagrimas.
Don Beto le platicó a su esposa todo lo acontecido acerca de
Rosita. Su esposa le dijo que abandonara el trabajo y lo más pronto se alejará
del hotel por su bien.
Era un sábado gris frío, Don Beto fue por sus cosas, en un
morral acomodo su ropa, sentía mucho dolor abandonar el lugar, ya estaba
oscureciendo cuando salió del hotel, estiró la mano para hacer la parada al
transporte, el camión se paró, sus pasos sonaban en cada uno de los escalones
de acero.
Al adentrarse por el pasillo del camión, volteó hacia atrás,
miró hacia la entrada del panteón.
Rosita con su pequeña mano le decía adiós, estaba con su
mamá viéndolo partir, se limpio con el dorso de su mano las lágrimas que salían
de sus ojos.
Pensó que al menos Rosita ya no estará sola, ya está con su
madre.
El camión se fue perdiendo por San Juan Tlihuaca, esas
calles viejas de los primeros pueblos de Azcapotzalco.
Empezaba nuevamente a llover.
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