UN MUNDO SEPIA
Por Vickynela
Caminaba por un lugar que parecía conocido pero
nunca había estado ahí. Había cerros, era solitario, lleno de matorrales, arbustos,
tierra, chimeneas de industrias o eso parecían, chocaba con lo bonito del
paisaje, había puentes y tuberías qué iban a ríos. Después de un rato vi frente
a mí un hombre pensativo, mirando hacia el infinito y dibujando en un cuaderno,
dirigí mi mirada hacia donde él veía; ¡Era un barco petrolero!, pensé ¿se ve el
mar?, ¡sí que este cerro está alto!.
No quise interrumpir a aquel joven, así que seguí
mi camino. Más adelante me quedé observando un extraño puente, me pregunté
¿cómo es que se ve abajo del puente y arriba a la vez?, me distrajo una voz
masculina que me saludó, preguntó si sabía para donde era “Atzcapotzalco”, le dije “creo que si” y nos acompañamos.
Admiramos cerros, campos de cultivo, construcciones
que parecían cascos de antiguas haciendas. Él seguía dibujando lo que le gustaba,
me platicó que era arquitecto y pintor, de la Escuela Nacional de Arquitectura,
su padre Cecil era químico quería que fuera médico y tenía un hermano
intelectual. “Esos cerros y peñas me recuerdan a Guanajuato, allá viví un
tiempo, a mi padre le dieron trabajo allá, ahora vivo en Coyoacán”, dijo.
Desde lo alto del cerro nos encontramos con una
linda vista; “los caracoles” el Acueducto de Los Remedios, mientras lo dibujaba
me comentó que su abuela y madre le regalaron su primera acuarela. Le pregunté
que dibujaba, me contestó que le habían encargado pintar un mural, salió a los
alrededores para darse ideas.
Por fin llegamos a un pueblo, ¡vimos pasar un
barco de vapor!, ¿de vapor?, extraño porque según yo ya no hay canales y menos
barcos en la CDMX, le dije eso al hombre y solo se rió, luego declaró “¿sabias
que en 1926 la Secretaría de Guerra y Marina creó el cuerpo de Hidroaviones en
Veracruz?”. Contesté “ni idea”.
Todo lo que
veíamos era como un paisaje rural, con cascos de haciendas, ranchos y casas
antiguas. Mientras seguía dibujando fui por un refresco a una tienda cercana, “la
chalupita”, pero no había el que quería, solo Coca-Cola, agua carbonatada, vendían todo a granel, le comenté y afirmó que
esos refrescos son productos nuevo y sí porque esa botella no la había visto.
Observamos hacia
arriba un cuartel, todo era muy bonito, me daban ganas de meterme a todos lados
y saber que hay adentro. Más adelante vimos excavaciones, torres de luz y
petroleras, sostuvo que en 1926 la economía nacional dependía del petróleo y
sus derivados, ese año se regularon sus precios y fue crucial para iniciar su
nacionalización. Sacó un gis y escribió en una pared “Se perforan pozos“, luego
en otro muro “muerte a los fifis”, me
confesó que no estaba de acuerdo con el capitalismo, la censura y la
explotación de los recursos. ¡No entendí mucho!. Había otro edificio muy bonito
del otro lado de un puente, abajo pasaba un río, ¡no sabía que había ríos por
ahí!.
Llegamos a Atzcapotzalco, “¡Qué caray yo vivo
aquí y no conocía nada de esto!”, expresé. El joven sonrió y comentó que ahí le
encargaron el mural. Pregunté si ganaba
mucho como pintor, y qué le gusta pintar, “me gusta el paisajismo”, “Yo prefiero
que mi pintura le guste al pueblo más que a la gente que conoce de arte. Es mi
actitud servir a la patria dando algo que guste a sus moradores”, “soy profesor
del Instituto Politécnico Nacional, promoví la carrera de Ingeniero Arquitecto”,
señaló. Me asombré de oírlo, se veía muy joven.
Llegamos a una
cantina o pulquería; “El recreo de las musas”, mencionó que sus primeros
murales fueron en pulquerías, pero ahora que fue a visitarlas, ya no existen,
le dio desilusión y frustración, “ojalá el que haga en Azcapotzalco dure más de
cien años”, expresó.
Luego vimos un anuncio pintado en una pared
“emulsión de Scott”, “sabe feo”, aseguramos
al mismo tiempo con gestos, “muy vendido en estas épocas”, mencionó, contesté “creí
que ya no existía”. Mientras volvía a dibujar me platicaba que su madre “chonita”
y su abuela lo enseñaron a amar México, a pesar de no ser mexicanos, el sí
nació en la Ciudad.
Nos
distrajeron dos hombres vestidos como revolucionarios o de pueblo, pensé: “Tenía
mucho que no veía caballos en Azcapotzalco, solo en el lienzo”, traían una
bandera pero sin símbolo patrio, los dibujó. Nos conmovió un indígena sentado entre la tierra, vestido de
Tlacuilo, triste y orgulloso, el joven aseguró
“él será mi personaje principal”. Había
un hotel con un reloj muy bello hasta arriba, “los poetas pichones”, junto una
casa y un lujoso y antiguo carro de época del Porfiriato, eso me explicó.
¿Y como
arquitecto que has construido?, pregunté, “proyectos de urbanización del
Pedregal de San Ángel, construí mi propia casa y diseñó el Museo Casa Estudio
Diego Rivera y Frida Kahlo y escuelas primarias en Azcapotzalco, aseguró. Dije “wow
si que has hecho mucho”. Me recomendó ir al museo Anahuacalli, no lo diseñó, fue
el arquitecto, aseguré “si iré, lo
prometo”, él respondió “yo te haré saber que supe que fuiste”.
Vimos por fin la Catedral de Azcapotzalco, pero
no la dibujó, me contó que era hijo de un migrante británico-irlandés, tenía
tres hermanos: Edmundo, Margarita y Tomás. Su madre era una mujer religiosa, su
padre un hombre de ciencia, él no era muy devoto o casi nada. Me narró que en
1926 inició la Guerra Cristera y en Azcapotzalco se fundó la Liga Nacional
Defensora de la Libertad Religiosa, los templos cerraron por leyes impuestas de Plutarco Elías Calles, esto
creó una lucha ideológica. Respondí “por eso no pintaste la Catedral, bueno por lo menos dibuja la puerta del atrio”, alegué.
Lo que sí dibujo fue la Casa de Cultura, me compartió orgulloso que era en la
Biblioteca Fray Bartolomé de las Casas, donde haría el mural; “Lo llamaré Paisaje
de Azcapotzalco”, agregó que tenía una gran biblioteca en su casa. Algo en mi me
decía que todo eso era conocido, un “¿dejá vu? ”.
Pregunté “¿Cómo harás el mural?”, respondió “me
gustan los sepias, el paisajismo, la fantasía, el recuerdo donde viví, la mitología,
reconectar con las culturas prehispánicas que admiro”.
Luego le mostré la vinatería cercana, sostuvo “no
soy borracho, no fumo. La música no es santo de mi devoción. Me gusta mucho la
novela de Tolstoi La guerra y la paz. Cuando quiero comer realmente a mi gusto,
Helen, mi esposa, me prepara salsa negra de Yucatán con carne de venado, y
romeritos con tortitas de camarón”.
“¿Tú hablarás de mi mural?” me preguntó, me
sorprendí y respondí “sí y de ti también”.
Me confío que él se desilusionaría de la decadencia del mundo que le rodea, había
sostenido discusiones sobre diversos temas con sus contemporáneos.
Le mostré unos leones y una fuente le dije que se habían robado los originales,
me respondió que los pintaría para que no fueran olvidados.
Como había una feria, subimos a “la noria” así
le llamó y al carrusel, ya era tarde así que nos despedimos y dimos las gracias
por la plática y compañía. Entre a Catedral y me senté, de repente brinque y abrí los ojos, me había quedado
dormida, ¿fue un sueño?, al siguiente día fui al Anahuacalli, me encantó y
estando casi hasta arriba sonó la alerta sísmica, bajé un poco asustada pero
luego recordé lo que dijo el joven ¿fué esa la señal?.
Otro día entre a la biblioteca Fray Bartolomé de
las Casas, ahí estaba todo lo que vimos ese joven y yo, ese hombre era Juan
O’Gorman, su autor, que me dijo era complejo, de espíritu rebelde, progresista,
crítico y revolucionario.
Fui a buscar su tumba en la Rotonda de las Personas Ilustres en el Panteón
de Dolores, demasiado sencilla, me costó ubicarla, deje una flor, aún no logró
entender que pasó, le pedí respuestas, y es que encontré algo en mi celular, ahora
sé que no fue un sueño y que estuve con Juan O’Gorman, sigo investigando y bueno
ahora estoy cumpliendo con escribir sobre él, su mural y su mundo sepia.
Índice de “La hormiga misteriosa”