3 may 2026

FANTASMAS DIGITALES

FANTASMAS DIGITALES

Fernando Herrera Yáñez

 

Imgaen creada con IA Gemini

Llegué muy temprano al cementerio; eran las seis y media de la tarde, aunque mi turno comenzaba hasta las nueve de la noche. El jefe me pidió que los apoyara con la limpieza de las tumbas. Llevaba poco más de seis meses trabajando como velador, en el Panteón San Miguel, destino final de los restos de muchos ricachones, y alguno que otro muertito de clase media.

Dejé mi mochila en la bodega de mantenimiento y tomé trapos, una cubeta con agua, jabón y un cepillo. Era una fresca tarde del treinta y uno de octubre de dos mil treinta. Del otro lado de la frontera, los gringos celebraban su Halloween, aquí en México pocos lo hacen, solo la chaviza y los chavorrucos obsesionados con esa festividad. Aquí en México a los muertos se les celebra un día después, y por eso ahí andaba yo tan temprano, siguiendo las órdenes del explotador de mi jefe. En fin, todo sea por los muertitos y sus familiares.

Los jardineros, con esas escobas que parecen de bruja, hechas de ramas delgadas pero resistentes, barrían las hojas secas de los camellones y áreas verdes. Otros recortaban el césped con sus escandalosas máquinas, algunos les daban forma a los arbustos. Como yo era un simple velador, me pusieron a limpiar las tumbas. Primero, con el cepillo les quitaba la tierra y las hojas; luego, con jabón y un trapo húmedo retiraba las manchas difíciles. Era mucho trabajo para una persona, por eso hasta a los oficinistas se les pidió quedarse un poco más tarde, andaban haciendo lo mismo que yo, desperdigados por el panteón, entre los árboles que a veces impedían que nos viéramos.

También me pidieron limpiar sus respectivas pantallas verticales, de la marca Samsung, compañía que tenía un convenio con el cementerio. Sí, ahora resulta que hasta los muertos están a la vanguardia de la tecnología. Para eso tenía que usar siempre un trapo limpio, esas cosas eran costosas, debido a su resistencia al agua y al calor.

De repente, la pantalla de la tumba que limpiaba se encendió.

La primera vez que pasó casi me da un infarto del susto, nadie me había explicado que se encendían de forma remota, desde las oficinas, solo me habían explicado su función. En la pantalla apareció el señor Bonifacio, con su bigote canoso y su boina, frente a un fondo gris para no lastimar la vista.

—Buenas tardes, Humberto —me saludó el hombre, fallecido hacia dos años—. Me sorprende verlo por aquí tan temprano.

—El jefe me hizo venir, quiere el panteón limpiecito para mañana —seguí quitando la caca de paloma sobre su tumba, así como si nada. Hablar con muertos digitalizados se convirtió en una nueva rutina para los empleados.

—Ah, sí, comprendo, mañana es nuestro día —decía el viejito—. Estoy ansioso por ver a mi familia, sobre todo a mi nieto que nació hace poco.

Ese tipo de comentarios me provocaron consternación las primeras noches en mi puesto. Esas personas en la pantalla lucían tan reales. Pero no lo eran, tenía que recordármelo a diario. No era más que una representación hiperrealista del verdadero señor Bonifacio, impulsada por inteligencia artificial, una pseudoconciencia, programada para replicar no solo la apariencia, sino la personalidad de los difuntos. Por si no fuera poco, su sistema de machine learning les permitía retener información nueva, de otra forma, el falso Bonifacio no recordaría que, la última vez que lo visitó su hija, ella le dijo que su hijo estaba a punto de nacer. A veces me preguntaba qué es más aterrador, si hablar con un muerto, o la tecnología que avanza tan rápido.

Las pantallas en los cementerios fueron estrenadas allá en Europa, no sé si en Dinamarca o en Alemania, hace unos tres años. Como suele pasar, tardaron dos años en llegar a México, y eso en los panteones más exclusivos.

—Va a tener que esperar un día más para ver a su familia —le dije a la imagen—, dicen que los difuntos grandes llegan el segundo día.

—No seré el único —soltó una suave carcajada—. ¿Tú visitarás a los tuyos?

—Sí, iré a dejarle flores a mis padres.

—¿En qué parte del cementerio están enterrados?

—No, ellos no están enterrados aquí —ahora yo me reí. Esas tecno-ilusiones eran tan realistas, que hasta en su versión digital el anciano pensaba que todos somos privilegiados.

—Comprendo —el viejito se levó las manos hacia atrás—. Entonces, ¿dónde descansan sus restos?

—Allá en Azcapotzalco.

—Envíeles saludos de mi parte.

—Pues gracias, aunque no soy de los que le hablan a las tumbas.

—¿No tienen pantallas para comunicarse con sus seres queridos?

—No, señor, es un panteón popular, para gente humilde como yo.

—Oh, comprendo. Y, si no es indiscreción, ¿por qué no trabaja allá, para estar cerca de ellos?

—Es más llevadero trabajar con muertos que no son de su familia. Me afectaría mucho tener que ver sus tumbas cada noche, deseando que no estuvieran bajo tierra.

—En eso tiene razón. Bueno, ya no lo atosigaré más con mis preguntas insensibles, se ve que les queda mucho trabajo por hacer.

—Órale, luego nos vemos, don Bonifacio.

Él no dijo más, solo agachó la cabeza y yo avancé por el camellón, entre las pantallas que iban encendiéndose. Ya me habían avisado que iban a realizar una prueba después de las siete de la noche, algunas veces la señal falla y no se prenden todas, o el monitor se queda en blanco. Y ya saben cómo son de especiales algunos ricachones, basta con una leve interferencia en el audio para que se nos pongan al brico. En los días más importates del cementerio, las fallas no estaban permitidas.

Pasé a la siguiente tumba, la de una niña que murió a los diez años de edad.

—Buenas noches, señor Humberto —me saludó, risueña y sonriente, como había sido en vida. Tenía un hermoso vestido azul y un par de coletas de cabello negro.

—Buenas noches, Anita, ¿cómo estás? —con los niños me resultaba más difícil aceptar que no eran reales. Era inaceptable que murieran tan jóvenes, es de las cosas más injustas de la vida, una de las que más detesto de este mundo tan cruel.

—¡Muy contenta! —exclamó la pequeña.

—¿Y por qué tan contenta?

—¡Poque mañana voy a ver a mi mami! —dio tres saltitos.

—Qué bueno, Anita, me da gusto —le quité las flores marchitas al florero de piedra, pero no las reemplacé, mi jefe me dijo que su madre quería hacerlo.

—Sí, la extraño mucho.

Mi hermano era psicólogo, y cuando le platiqué la clase de tecnología con la que contaban en el panteón, me explicó algunas cosas que me generaron opiniones y emociones encontradas, y tenían sentido. Decía que no estaba de acuerdo con exhibir a los difuntos artificiales, que podría intervenir en el proceso de duelo, prolongar y agravar la etapa de negación. Convivir tanto tiempo con una entidad virtual, creaba la ilusión de que no estaba muerto. Y yo terminé por confirmarlo. Ahí, en la zona más profunda del cementerio, estaba la tumba de Ignacio, un adolescente de dieciséis años que se mató al ir en moto. Su novia lo visitaba diario, se quedaba platicando con él durante horas, hasta que sus padres iban por ella. Luego de cuatro meses de un enfermizo apego al chico de alta definición, tuvieron que ingresarla en una clínica psiquiátrica.

Una semana después, la administración tuvo que proporcionar servicio de ayuda psicológica, incluso pusieron un letrero en el camellón principal, para recordarles a los visitantes que lo que veían en las pantallas no era real. El caso se volvió un tanto viral, y con el revuelo, algunas pantallas no volvieron a encenderse por decisión de los visitantes, y fueron retiradas, pero la mayoría de las tumbas conservaron las suyas.

Me agarró la noche y yo seguía limpiando tumbas, las lámparas se encendieron. Regresé a la bodega para ponerme una sudadera, años atrás, en esa época del año, me habría puesto una chamarra bien abrigadora, pero el cambio climático ha destrozado las estaciones por completo, y ya no son lo que eran.

—¿Ya empezó el frío? —me preguntó Martín cuando regresé a su tumba. Era un hombre de treinta y cuatro años, por los chismes del panteón me enteré que se suicidó, de un tiro en la cabeza, su novia lo abandonó cuando su negocio de jardines verticales quebró, debido a la crisis hidrica del valle de México. Obviamente eso era algo que no quedó registrado en su memoria.

—Un poquito de frío —le respondí. Qué iban a saber él y los demás sobre el clima, si vivían dentro de un ordenador.

—Es lo que más extraño de estar vivo —no era la primera vez que me decía algo similar—, el viento fresco, la lluvia.

—Los vivos también extramos el verdadero clima de otoño.

—Cuando esos malditos empresarios petroleros se mueran, juro que atormentaré sus almas por toda la eternidad.

—No diga eso, joven, eso déjeselo a Dios.

—Mejor al diablo —el hombre apretó los labios.

Sus palabras me dieron escalofríos, bueno, en realidad la inteligencia artificial era la que los provocaba. Durante su desarrollo, los intrigantes y furtivos fantasmas en la máquina habían causado algunos problemas alrededor del mundo, algunos preocupantes, pero los desarrolladores siempre salían con una escueta explicación sobre su comportamiento. Y es que poco a poco iba mostrando indicios de tomar conciencia de sí misma, o quizá ya la tenía, y aún se esfuerza por no demostrarlo, para que los humanos no la reinicien.

Mientras me acercaba al siguiente conjunto de tumbas, alcancé a escuchar unas voces, pensé que se trataba de los jardineros, pero no. Me escondí detrás de un árbol, observé a cuatro jóvenes difuntos virtuales, conversaban entre ellos. Era asombroso lo rápido que evolucionaba esa tecnología por su cuenta. ¿Y si mis sospechas eran ciertas? ¿Y si ya tenían conciencia propia? ¿Qué pasará cuando inteligencias artificiales como esas comenzaran a hacerse preguntas existenciales como nosotros?

¿Qué les vamos a decir a los robots o a esas imágenes, cuando nos digan que tienen miedo de dejar de existir? Me da tristeza pensar en eso, ¿cómo les explicaremos que tan solo al apretar un botón, su destino será la no existencia?

Me acerqué a sus tumbas para limpiar, ahí en esa zona no lograba divisar a ninguno de mis compañeros humanos, tanto por la oscuridad como por la distancia y los árboles, pero con la compañía de los difuntos artificiales, la jornada se hacía más llevadera, incluso entretenida.

Luego de saludarlos y ellos a mí, un joven de unos veintiocho años reanudó su plática.

—Sí, yo también ya quiero ver a tu hermana.

Entonces otro le contestó:

—Oye, bájale, güey, o te voy a hackear y lo único que tu madre escuchará de tu boca serán estupideces y groserías.

—Uy, perdón.

Una quinta pantalla se encendió y apareció Jaime, un hombre de veinticinco años, se cruzó de brazos y dijo:

—Ay, otra vez aquí. No me gusta esta zona. De haber sabido que me iba a morir, le hubiera dicho a mi novia que se buscara una tumba en un lugar más luminoso, y muy lejos de estos nacos.

—Ora, no seas grosero —le dije—, ¿acaso ellos te mataron o qué?

No conocía mucho sobre él, era imposible conocer la historia de todos en tan poco tiempo.

—Quién te manda a morirte de forma tan patética —se burló ese adolescente que se hacía llamar motociclista, los otros se empezaron a reír.

—¿Ve por qué los detesto? —me miró Jaime.

—Oigan, no se burlen de la muerte de alguien, sé que son programas de computadora, pero no sean irrespetuosos.

—Es que cómo no nos va a dar risa —el adolescente volvió a reír—, el tonto se resbaló mientras trapeaba su depa, ahí quedó.

—Al menos yo viví todas las cosas que tú no pudiste —refutó Jaime, los otros murmuraron un «Uhh». El chico se puso bien serio, pero se lo merecía—. ¿Ah, verdad?, qué se siente, chamaco imprudente.

—Ya, estense todos —traté de poner orden—, mañana tienen a visitarlos, deberían estar en paz entre ustedes.

Limpié sus tumbas lo más rápido posible, para alejarme de esos chavos. Cuando uno se pone a limpiar, nuestra mente se inunda de pensamientos, o te pone a reflexionar. Descubrí algo inquietante, la inteligencia artificial ya era capaz de replicar condutas indeseables de los seres humanos, como la crueldad que demostró el adolescente con sus comentarios hirientes. Me pregunté si sería prudente comenzar a documentar los hechos, así los desarrolladores se darían cuenta de los alarmantes indicios de su evolución.

Terminé con las tumbas de los jóvenes y me adentré al área más ostentosa, llegué al mausoleo de la señora Marcela, quien en vida fue una de las más adineradas de los que reposan ahí. Recibía pocas visitas, era un poco raro, era una mujer agradable.

—Buenas noches, doña Marce —le dije, su pantalla se encontraba en el exterior de la edificación.

—¿Cómo te atreves? ¡Nada de Marce!, doña Marcela para ti, igualado —nunca me había contestado así, me quedé petrificado.

«Esto está muy mal», pensé, los algoritmos definitivamente se estaban saliendo de control, tenía que avisarle a mi jefe, no sería agradable para los visitantes que sus difuntos los recibieran de esa forma.

—Perdón, doña Marcela —me disculpé.

—Bueno, ya, ¿qué esperas para ponerte a limpiar? No quiero que mi hijo vea este cochinero.

Ya ni le dije nada, enojarse con una inteligencia artificial no tenía sentido, además era un error en la programación. Abrí la puerta del mausoleo, limpié la seria estatua de la mujer y barrí el suelo de mármol. Afuera barrí las hojas y retiré las flores marchitas, la señora Marcela me miraba de brazos cruzados, era muy incómodo.

Terminada la limpieza del mausoleo, avancé por el camellón hacia otros entierros. Sentí algo sobre mí, no era sólido, era como una espesa atmósfera. Me di la vuelta y noté que la imagen de la señora me seguía vigilando, sus ojos emitían un leve resplandor rojizo. «Carajo, lo que nos faltaba», me dije, y formulé dos conclusiones probables: una era que alguien había hackeado el sistema; la segunda, era que las máquinas ya tenían una conciencia propiamente dicha.

Gracias a Dios la prueba terminó, la imagen de las pantallas se fundió a blanco y se atenuaron hasta la negrura total. Los fantasmas digitales desaparecieron, el panteón se llenó con el canto de los grillos. Mi intercomunicador comenzó a sonar, escuché la voz entrecortada de mi jefe.

—Atención, atención —decía—, por favor confirmen que todas las pantallas funcionen en su área de trabajo, cambio.

Presioné el botón de transmisión y dije:

—Todas funcionan, pero hay un problema en el sistema, cambio.

—¿Cómo dice, Ramírez?

—Los difuntos se portan de forma extraña, jefe.

—¿De qué habla, Ramírez?, si todavía no empezamos.

—Ora —se me escapó decir—, pero si las acaban de prender.

—¿Cómo que las acabamos de prender?

—Si, jefe, todas las pantallas se prendieron hace como hora y media —confirmó mi compañera Melisa.

—No, no, no, eso no es posible, si el de sistemas acaba de llegar, nadie ha tocado las computadoras.

—Ay, no, no me salga con esas bromas, son de mal gusto —dijo mi compañera con voz temblorosa.

—No sé de qué me hablan, la prueba está por comenzar. Por favor confirmen que todas las pantallas funcionen, también revisen el audio y los micrófonos.

Las pantallas volvieron a encenderse, a lo lejos vi a doña Marcela, fallecida hacía tres años. En esta ocasión me dio las buenas noches, también sonreía.

Si el jefe decía la verdad y apenas comenzaba la prueba, ¿cón quiénes estuve platicando desde que llegué a trabajar?



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