FANTASMAS DIGITALES
Fernando Herrera Yáñez
Llegué muy temprano al cementerio; eran las seis y media de
la tarde, aunque mi turno comenzaba hasta las nueve de la noche. El jefe me
pidió que los apoyara con la limpieza de las tumbas. Llevaba poco más de seis
meses trabajando como velador, en el Panteón San Miguel, destino final de los
restos de muchos ricachones, y alguno que otro muertito de clase media.
Dejé mi mochila en la bodega de mantenimiento y tomé trapos,
una cubeta con agua, jabón y un cepillo. Era una fresca tarde del treinta y uno
de octubre de dos mil treinta. Del otro lado de la frontera, los gringos
celebraban su Halloween, aquí en México pocos lo hacen, solo la chaviza y los
chavorrucos obsesionados con esa festividad. Aquí en México a los muertos se
les celebra un día después, y por eso ahí andaba yo tan temprano, siguiendo las
órdenes del explotador de mi jefe. En fin, todo sea por los muertitos y sus
familiares.
Los jardineros, con esas escobas que parecen de bruja,
hechas de ramas delgadas pero resistentes, barrían las hojas secas de los
camellones y áreas verdes. Otros recortaban el césped con sus escandalosas
máquinas, algunos les daban forma a los arbustos. Como yo era un simple
velador, me pusieron a limpiar las tumbas. Primero, con el cepillo les quitaba
la tierra y las hojas; luego, con jabón y un trapo húmedo retiraba las manchas
difíciles. Era mucho trabajo para una persona, por eso hasta a los oficinistas
se les pidió quedarse un poco más tarde, andaban haciendo lo mismo que yo,
desperdigados por el panteón, entre los árboles que a veces impedían que nos
viéramos.
También me pidieron limpiar sus respectivas pantallas
verticales, de la marca Samsung, compañía que tenía un convenio con el
cementerio. Sí, ahora resulta que hasta los muertos están a la vanguardia de la
tecnología. Para eso tenía que usar siempre un trapo limpio, esas cosas eran
costosas, debido a su resistencia al agua y al calor.
De repente, la pantalla de la tumba que limpiaba se
encendió.
La primera vez que pasó casi me da un infarto del susto,
nadie me había explicado que se encendían de forma remota, desde las oficinas,
solo me habían explicado su función. En la pantalla apareció el señor
Bonifacio, con su bigote canoso y su boina, frente a un fondo gris para no
lastimar la vista.
—Buenas tardes, Humberto —me saludó el hombre, fallecido
hacia dos años—. Me sorprende verlo por aquí tan temprano.
—El jefe me hizo venir, quiere el panteón limpiecito para
mañana —seguí quitando la caca de paloma sobre su tumba, así como si nada.
Hablar con muertos digitalizados se convirtió en una nueva rutina para los
empleados.
—Ah, sí, comprendo, mañana es nuestro día —decía el
viejito—. Estoy ansioso por ver a mi familia, sobre todo a mi nieto que nació
hace poco.
Ese tipo de comentarios me provocaron consternación las
primeras noches en mi puesto. Esas personas en la pantalla lucían tan reales.
Pero no lo eran, tenía que recordármelo a diario. No era más que una
representación hiperrealista del verdadero señor Bonifacio, impulsada por
inteligencia artificial, una pseudoconciencia, programada para replicar no solo
la apariencia, sino la personalidad de los difuntos. Por si no fuera poco, su
sistema de machine learning les permitía retener información nueva, de otra
forma, el falso Bonifacio no recordaría que, la última vez que lo visitó su
hija, ella le dijo que su hijo estaba a punto de nacer. A veces me preguntaba
qué es más aterrador, si hablar con un muerto, o la tecnología que avanza tan
rápido.
Las pantallas en los cementerios fueron estrenadas allá en
Europa, no sé si en Dinamarca o en Alemania, hace unos tres años. Como suele
pasar, tardaron dos años en llegar a México, y eso en los panteones más
exclusivos.
—Va a tener que esperar un día más para ver a su familia —le
dije a la imagen—, dicen que los difuntos grandes llegan el segundo día.
—No seré el único —soltó una suave carcajada—. ¿Tú visitarás
a los tuyos?
—Sí, iré a dejarle flores a mis padres.
—¿En qué parte del cementerio están enterrados?
—No, ellos no están enterrados aquí —ahora yo me reí. Esas
tecno-ilusiones eran tan realistas, que hasta en su versión digital el anciano
pensaba que todos somos privilegiados.
—Comprendo —el viejito se levó las manos hacia atrás—.
Entonces, ¿dónde descansan sus restos?
—Allá en Azcapotzalco.
—Envíeles saludos de mi parte.
—Pues gracias, aunque no soy de los que le hablan a las
tumbas.
—¿No tienen pantallas para comunicarse con sus seres
queridos?
—No, señor, es un panteón popular, para gente humilde como
yo.
—Oh, comprendo. Y, si no es indiscreción, ¿por qué no
trabaja allá, para estar cerca de ellos?
—Es más llevadero trabajar con muertos que no son de su
familia. Me afectaría mucho tener que ver sus tumbas cada noche, deseando que
no estuvieran bajo tierra.
—En eso tiene razón. Bueno, ya no lo atosigaré más con mis
preguntas insensibles, se ve que les queda mucho trabajo por hacer.
—Órale, luego nos vemos, don Bonifacio.
Él no dijo más, solo agachó la cabeza y yo avancé por el
camellón, entre las pantallas que iban encendiéndose. Ya me habían avisado que
iban a realizar una prueba después de las siete de la noche, algunas veces la
señal falla y no se prenden todas, o el monitor se queda en blanco. Y ya saben
cómo son de especiales algunos ricachones, basta con una leve interferencia en
el audio para que se nos pongan al brico. En los días más importates del
cementerio, las fallas no estaban permitidas.
Pasé a la siguiente tumba, la de una niña que murió a los
diez años de edad.
—Buenas noches, señor Humberto —me saludó, risueña y
sonriente, como había sido en vida. Tenía un hermoso vestido azul y un par de
coletas de cabello negro.
—Buenas noches, Anita, ¿cómo estás? —con los niños me
resultaba más difícil aceptar que no eran reales. Era inaceptable que murieran
tan jóvenes, es de las cosas más injustas de la vida, una de las que más
detesto de este mundo tan cruel.
—¡Muy contenta! —exclamó la pequeña.
—¿Y por qué tan contenta?
—¡Poque mañana voy a ver a mi mami! —dio tres saltitos.
—Qué bueno, Anita, me da gusto —le quité las flores
marchitas al florero de piedra, pero no las reemplacé, mi jefe me dijo que su
madre quería hacerlo.
—Sí, la extraño mucho.
Mi hermano era psicólogo, y cuando le platiqué la clase de
tecnología con la que contaban en el panteón, me explicó algunas cosas que me
generaron opiniones y emociones encontradas, y tenían sentido. Decía que no
estaba de acuerdo con exhibir a los difuntos artificiales, que podría
intervenir en el proceso de duelo, prolongar y agravar la etapa de negación.
Convivir tanto tiempo con una entidad virtual, creaba la ilusión de que no
estaba muerto. Y yo terminé por confirmarlo. Ahí, en la zona más profunda del
cementerio, estaba la tumba de Ignacio, un adolescente de dieciséis años que se
mató al ir en moto. Su novia lo visitaba diario, se quedaba platicando con él
durante horas, hasta que sus padres iban por ella. Luego de cuatro meses de un
enfermizo apego al chico de alta definición, tuvieron que ingresarla en una
clínica psiquiátrica.
Una semana después, la administración tuvo que proporcionar
servicio de ayuda psicológica, incluso pusieron un letrero en el camellón
principal, para recordarles a los visitantes que lo que veían en las pantallas
no era real. El caso se volvió un tanto viral, y con el revuelo, algunas
pantallas no volvieron a encenderse por decisión de los visitantes, y fueron
retiradas, pero la mayoría de las tumbas conservaron las suyas.
Me agarró la noche y yo seguía limpiando tumbas, las
lámparas se encendieron. Regresé a la bodega para ponerme una sudadera, años
atrás, en esa época del año, me habría puesto una chamarra bien abrigadora,
pero el cambio climático ha destrozado las estaciones por completo, y ya no son
lo que eran.
—¿Ya empezó el frío? —me preguntó Martín cuando regresé a su
tumba. Era un hombre de treinta y cuatro años, por los chismes del panteón me
enteré que se suicidó, de un tiro en la cabeza, su novia lo abandonó cuando su
negocio de jardines verticales quebró, debido a la crisis hidrica del valle de
México. Obviamente eso era algo que no quedó registrado en su memoria.
—Un poquito de frío —le respondí. Qué iban a saber él y los
demás sobre el clima, si vivían dentro de un ordenador.
—Es lo que más extraño de estar vivo —no era la primera vez
que me decía algo similar—, el viento fresco, la lluvia.
—Los vivos también extramos el verdadero clima de otoño.
—Cuando esos malditos empresarios petroleros se mueran, juro
que atormentaré sus almas por toda la eternidad.
—No diga eso, joven, eso déjeselo a Dios.
—Mejor al diablo —el hombre apretó los labios.
Sus palabras me dieron escalofríos, bueno, en realidad la
inteligencia artificial era la que los provocaba. Durante su desarrollo, los
intrigantes y furtivos fantasmas en la máquina habían causado algunos problemas
alrededor del mundo, algunos preocupantes, pero los desarrolladores siempre
salían con una escueta explicación sobre su comportamiento. Y es que poco a
poco iba mostrando indicios de tomar conciencia de sí misma, o quizá ya la
tenía, y aún se esfuerza por no demostrarlo, para que los humanos no la
reinicien.
Mientras me acercaba al siguiente conjunto de tumbas,
alcancé a escuchar unas voces, pensé que se trataba de los jardineros, pero no.
Me escondí detrás de un árbol, observé a cuatro jóvenes difuntos virtuales,
conversaban entre ellos. Era asombroso lo rápido que evolucionaba esa
tecnología por su cuenta. ¿Y si mis sospechas eran ciertas? ¿Y si ya tenían
conciencia propia? ¿Qué pasará cuando inteligencias artificiales como esas
comenzaran a hacerse preguntas existenciales como nosotros?
¿Qué les vamos a decir a los robots o a esas imágenes,
cuando nos digan que tienen miedo de dejar de existir? Me da tristeza pensar en
eso, ¿cómo les explicaremos que tan solo al apretar un botón, su destino será
la no existencia?
Me acerqué a sus tumbas para limpiar, ahí en esa zona no
lograba divisar a ninguno de mis compañeros humanos, tanto por la oscuridad
como por la distancia y los árboles, pero con la compañía de los difuntos
artificiales, la jornada se hacía más llevadera, incluso entretenida.
Luego de saludarlos y ellos a mí, un joven de unos
veintiocho años reanudó su plática.
—Sí, yo también ya quiero ver a tu hermana.
Entonces otro le contestó:
—Oye, bájale, güey, o te voy a hackear y lo único que tu madre
escuchará de tu boca serán estupideces y groserías.
—Uy, perdón.
Una quinta pantalla se encendió y apareció Jaime, un hombre
de veinticinco años, se cruzó de brazos y dijo:
—Ay, otra vez aquí. No me gusta esta zona. De haber sabido
que me iba a morir, le hubiera dicho a mi novia que se buscara una tumba en un
lugar más luminoso, y muy lejos de estos nacos.
—Ora, no seas grosero —le dije—, ¿acaso ellos te mataron o
qué?
No conocía mucho sobre él, era imposible conocer la historia
de todos en tan poco tiempo.
—Quién te manda a morirte de forma tan patética —se burló
ese adolescente que se hacía llamar motociclista, los otros se empezaron a
reír.
—¿Ve por qué los detesto? —me miró Jaime.
—Oigan, no se burlen de la muerte de alguien, sé que son
programas de computadora, pero no sean irrespetuosos.
—Es que cómo no nos va a dar risa —el adolescente volvió a
reír—, el tonto se resbaló mientras trapeaba su depa, ahí quedó.
—Al menos yo viví todas las cosas que tú no pudiste —refutó
Jaime, los otros murmuraron un «Uhh». El chico se puso bien serio, pero se lo
merecía—. ¿Ah, verdad?, qué se siente, chamaco imprudente.
—Ya, estense todos —traté de poner orden—, mañana tienen a
visitarlos, deberían estar en paz entre ustedes.
Limpié sus tumbas lo más rápido posible, para alejarme de
esos chavos. Cuando uno se pone a limpiar, nuestra mente se inunda de
pensamientos, o te pone a reflexionar. Descubrí algo inquietante, la
inteligencia artificial ya era capaz de replicar condutas indeseables de los
seres humanos, como la crueldad que demostró el adolescente con sus comentarios
hirientes. Me pregunté si sería prudente comenzar a documentar los hechos, así
los desarrolladores se darían cuenta de los alarmantes indicios de su
evolución.
Terminé con las tumbas de los jóvenes y me adentré al área
más ostentosa, llegué al mausoleo de la señora Marcela, quien en vida fue una
de las más adineradas de los que reposan ahí. Recibía pocas visitas, era un
poco raro, era una mujer agradable.
—Buenas noches, doña Marce —le dije, su pantalla se
encontraba en el exterior de la edificación.
—¿Cómo te atreves? ¡Nada de Marce!, doña Marcela para ti,
igualado —nunca me había contestado así, me quedé petrificado.
«Esto está muy mal», pensé, los algoritmos definitivamente
se estaban saliendo de control, tenía que avisarle a mi jefe, no sería
agradable para los visitantes que sus difuntos los recibieran de esa forma.
—Perdón, doña Marcela —me disculpé.
—Bueno, ya, ¿qué esperas para ponerte a limpiar? No quiero
que mi hijo vea este cochinero.
Ya ni le dije nada, enojarse con una inteligencia artificial
no tenía sentido, además era un error en la programación. Abrí la puerta del
mausoleo, limpié la seria estatua de la mujer y barrí el suelo de mármol.
Afuera barrí las hojas y retiré las flores marchitas, la señora Marcela me
miraba de brazos cruzados, era muy incómodo.
Terminada la limpieza del mausoleo, avancé por el camellón
hacia otros entierros. Sentí algo sobre mí, no era sólido, era como una espesa
atmósfera. Me di la vuelta y noté que la imagen de la señora me seguía
vigilando, sus ojos emitían un leve resplandor rojizo. «Carajo, lo que nos
faltaba», me dije, y formulé dos conclusiones probables: una era que alguien
había hackeado el sistema; la segunda, era que las máquinas ya tenían una
conciencia propiamente dicha.
Gracias a Dios la prueba terminó, la imagen de las pantallas
se fundió a blanco y se atenuaron hasta la negrura total. Los fantasmas
digitales desaparecieron, el panteón se llenó con el canto de los grillos. Mi
intercomunicador comenzó a sonar, escuché la voz entrecortada de mi jefe.
—Atención, atención —decía—, por favor confirmen que todas
las pantallas funcionen en su área de trabajo, cambio.
Presioné el botón de transmisión y dije:
—Todas funcionan, pero hay un problema en el sistema,
cambio.
—¿Cómo dice, Ramírez?
—Los difuntos se portan de forma extraña, jefe.
—¿De qué habla, Ramírez?, si todavía no empezamos.
—Ora —se me escapó decir—, pero si las acaban de prender.
—¿Cómo que las acabamos de prender?
—Si, jefe, todas las pantallas se prendieron hace como hora
y media —confirmó mi compañera Melisa.
—No, no, no, eso no es posible, si el de sistemas acaba de
llegar, nadie ha tocado las computadoras.
—Ay, no, no me salga con esas bromas, son de mal gusto —dijo
mi compañera con voz temblorosa.
—No sé de qué me hablan, la prueba está por comenzar. Por
favor confirmen que todas las pantallas funcionen, también revisen el audio y
los micrófonos.
Las pantallas volvieron a encenderse, a lo lejos vi a doña
Marcela, fallecida hacía tres años. En esta ocasión me dio las buenas noches,
también sonreía.
Si el jefe decía la verdad y apenas comenzaba la prueba, ¿cón quiénes estuve platicando desde que llegué a trabajar?
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